Experimentar La Intimidad
con mi mundo creativo
Últimamente estoy escribiendo mucho que no estoy publicando.
Notas al margen,
frases en post-its,
disparadores de ideas,
poemas o reflexiones que derivan en nuevos proyectos (por ejemplo, hace unos días, dentro de un texto extenso de reflexión, apareció entre medio de las líneas el título del que me gustaría que fuera mi libro).
Estas ideas ahí quedan, ahí viven, ahí se cuecen a fuego lento. Algunas siguen creciendo y tomando forma, otras mueren en el proceso. Unas cuantas simplemente son lo que son, y así como se expresaron en la 3D es perfecto que sean sin mayor transformación o desarrollo. Y es que, a veces, es SUFICIENTE… suficiente, un concepto que nos cuesta muchísimo en la era de la accesibilidad infinita, ¿verdad?
Últimamente estoy escribiendo mucho que no estoy publicando porque comencé a experimentar la intimidad con mis ideas y lo que ronda por mi cabeza. Y ¿saben qué descubrí a partir de experimentar esta intimidad? No todo lo que hacemos debe —como regla máxima— ser compartido.
Sé que es algo difícil de concebir en una era en la que nuestros teléfonos y nuestras redes sociales tienen el privilegio de comer antes de que nosotros nos demos el gusto.
Estoy cada vez más convencida de que no todo lo que cruza por nuestra mente, nuestras pupilas o el papel debe necesariamente ser proliferado para que quien sea lo vea y le dé el visto bueno a su existencia, o por el contrario, la invalide por completo.
Estas notas al margen, estos relatos de vida o aquellos poemas que de pronto nacen de tanto en tanto, aunque no nos consideremos poetas, comparten el mismo pulso y ciclo de vida que reconocemos en un árbol o en el queso que sigue en tu heladera y se puso feo y ahora pasó a ser el host de microbiota bacteriana que podría intoxicarte. TIENEN VIDA.
Y esa vida debe de experimentar P R O C E S O S necesarios que implican que las atraviese el tiempo y su sabiduría, su madurez.
A veces me pregunto: si solo hubiera dejado pasar al menos un día antes de publicar algo, tal vez me hubiera dado cuenta de aquello que veo en mis textos al verlos junto con el mundo; tal ve hubiera notado aquello que podría haber expresado mejor o, incluso, que podría haber tomado un rumbo totalmente diferente (y muchísimo más interesante) si tan solo hubiera sido más grande mi conciencia que mi ansiedad. Si tan solo me hubiera dado el permiso del tiempo que juro que me corre lo mismo que el “mejor publicado que nada”.
Entonces entiendo que también se trata de ganar sabiduría para saber cuándo esto último aplica y cuándo vale la espera, cuándo vale darle a una idea su tiempo, su espacio para que sea, se exprese, se extienda, se experimente y decida si está lista para evolucionar y convertirse en algo mucho más sustancioso que no sería de haber sido expuesta de buenas a primeras, porque todavía quedaba mucho por recorrer.
Lo cierto es que ya no me apuro. No corro.
Y ya no las apuro. No las corro.
Porque no solo las ideas crecen, se desarrollan, se expanden y se vuelven más de lo que imaginaba, yo también lo hago. Y de pronto, no tengo el vicio de mostrarlo TODO porque puedo apreciar y ser cada vez más consciente de sus procesos y puedo soltarlas y dejarlas ser parte del mundo cuando ellas lo pidan, porque ellas saben mejor que yo.
No antes por mi ansiedad, ni tarde por mi pereza.
Lo hacen en el momento justo y preciso en que saben que deben pasar a ser algo más que ideas en mi cuaderno o en mi PC.


